lunes, 31 de agosto de 2009

Vuelta a la realidad

Tenía miedo de volver, no quería saber lo que me iba a encontrar. Todos me decían que iba a hallar lo que me había dejado cuando me fui, pero sabía que no. Tenía el presentimiento de que todo iba a ser distinto. A lo mejor la que había cambiado era yo, no sé, quizá quería seguir viviendo aislada. Aislada en una ciudad en la que no conocía a nadie, en la que podía vagar por las calles a mi gusto, pararme a observar lo que yo realmente quería y no donde me dirigiesen la mirada. Pero los sueños no son infinitos y siempre hay que despertar. Así que me quité las gafas que me separaban del mundo y subí al avión. Cogí el vuelo contrario que me había llevado a ese lugar que al principio tanto me agobió y que termino enseñándome una nueva parte de mi, una nueva forma de mirar adelante y de concretar lo que sentía. Descubrí el placer de vivir en la incertidumbre de no saber lo que ocurría al otro lado del océano, pero ahora llegaba el momento de chocarme con ello. La puerta estaba enfrente mía, la miraba, pero no tenía la suficiente decisión para atravesarla. Escuché esa canción que me trasladaba a lo que había dejado antes de partir y que tantas veces había escuchado en aquel viaje. No estaba preparada, pero tenía que hacerlo, así que me armé de valor, crucé la puerta y de nuevo volví a colocarme la careta de la felicidad que ya había conseguido superar.

viernes, 31 de julio de 2009

Poniendo en palabras

Te paras a sentir, notas algo en el pecho, pero no sabes lo que es, te das cuenta de que este no es tu sitio, por lo menos no en este momento, y tienes unas ganas infinitas de subirte a un tren y que te lleve a algún lugar distinto a este. 

Cierras los ojos y lo imaginas. Allí todo es diferente, respiras, y no asfalto, escuchas, y no contaminación, y sueñas, y no con huir. Pero al subir los párpados te das cuenta de que estás rodeada, no lo puedes evitar, te agobias. 

Entonces miras atrás, ves la estación y se te vuelve a pasar por la cabeza la abstracta idea de coger un tren, de que ese tren te lleve con alguien que te de el calor que ahora mismo necesitas, pero no puedes, no es lo correcto, es solo un impulso que tienes que cortar, un sentimiento que no verá la luz, y de nuevo todo se queda en la cabeza, en una idea difusa que no llegas a entender. ¿Por qué?. Antes amabas esta ciudad, y hoy no puedes estar más tiempo aquí, todo es igual, pero algo en ti ha cambiado. Intentas averiguarlo, quieres saber, y te das cuenta de que son imágenes que te han hecho una visita, necesitas poner en palabras lo que te está pasando. Pero no es el lugar. La única forma es plasmarlas en un papel. Y lo escribes. 


Sigues pensando, sigues sintiendo, y sigues necesitando subirte a ese tren, pero mientras eso sea imposible puedes escribirlo, y así dedicar este tiempo a ti, a lo que te pasa, a ser egoísta. Ahora te sientes mejor, estás relajada y liberada.

martes, 28 de abril de 2009

Viaje a la infancia

Hoy me he dado cuenta de lo importante que es nuestra infancia, y de como sin apenas ser conscientes estamos aferrados a esta etapa. 
Realizando un viaje a la infancia he podido recordar el color y la textura de mi antiguo sofá; las tardes en la salita de estar con mi madre viendo películas; la decoración de mi primera habitación, etc.

Primero abrí la puerta y pude oler el ambiente a casa vacía y a la vez llena, por este olor fui avanzando hasta la cocina. Vi los muebles de color madera antigua con tiradores negros y un toque de barniz,  recordé el sabor de las judías pintas que me obligaban a comer. Más adelante fui a la salita, la puerta estaba abierta y entré. Miré por la ventana y vi la sierra. La sala que después de unos años pasaría a ser mi habitación era pequeña, con las paredes blancas, y solo tenía un televisor y un sofá verde y rugoso. Allí estaba mi madre, sentada en el sillón pelando patatas mientras la televisión cantaba la melodía de la serie de Celia. Estaba a gusto en esa habitación, pero tuve que salir e ir a la de mis padres. Entré y la observé detenidamente. Paredes rosa salmón, cama con colcha roja antigua, cuadro colgando del centro de la pared con una señora tomando el sol. 
Por último, mi habitación, el lugar en el que más horas había pasado, el que desordenaba con Mario todos los viernes por la tarde. Las paredes eran blancas, el armario marrón con cromos pegados por todas las puertas, una pequeña mesita redonda verde con dos sillas, estanterías rosas, y un montón de peluches y muñecos. Entonces recordé todo lo que había vivido en aquel lugar, como dibujaba con mis abuelos las invitaciones para mi cumpleaños, como recogía el suelo escondiendo todo debajo de las estanterías, las cajas azules, rojas y amarillas repletas de juguetes que me daba pena tirar, el suelo lleno de playmobiles, o de muñecos como si estuvieran en la escuela, etc. Y me senté en el lugar en el que me sentía más segura, entre la cama y la pared, pero no estaba sola, para que fuese seguro tenía que estar Aramis (mi gato). Allí jugué con el muñeco con el que más lo he hecho. Se llamaba Dani, era rubio, y tenía los ojos muy grandes, aún lo guardo en uno de mis armarios.

Pero como dice Sabina "Todo empieza y todo acaba", y este viaje estaba ya llegando a su fin. Fui caminando hacia la puerta mirando con tristeza todo lo que estaba dejando atrás, mis recuerdos de la infancia. Y lloré. Al decir adiós a todo esto salió la primera lagrima, y según me alejaba por un camino rodeado de vegetación, aparecían más.

Durante todo el viaje estuve tensa y nerviosa, y al escuchar "ahora vais a la puerta, salís, y le decís adiós a esta casa" lloré porque me recordó cuando me dijeron que nos íbamos a mudar.