martes, 28 de abril de 2009

Viaje a la infancia

Hoy me he dado cuenta de lo importante que es nuestra infancia, y de como sin apenas ser conscientes estamos aferrados a esta etapa. 
Realizando un viaje a la infancia he podido recordar el color y la textura de mi antiguo sofá; las tardes en la salita de estar con mi madre viendo películas; la decoración de mi primera habitación, etc.

Primero abrí la puerta y pude oler el ambiente a casa vacía y a la vez llena, por este olor fui avanzando hasta la cocina. Vi los muebles de color madera antigua con tiradores negros y un toque de barniz,  recordé el sabor de las judías pintas que me obligaban a comer. Más adelante fui a la salita, la puerta estaba abierta y entré. Miré por la ventana y vi la sierra. La sala que después de unos años pasaría a ser mi habitación era pequeña, con las paredes blancas, y solo tenía un televisor y un sofá verde y rugoso. Allí estaba mi madre, sentada en el sillón pelando patatas mientras la televisión cantaba la melodía de la serie de Celia. Estaba a gusto en esa habitación, pero tuve que salir e ir a la de mis padres. Entré y la observé detenidamente. Paredes rosa salmón, cama con colcha roja antigua, cuadro colgando del centro de la pared con una señora tomando el sol. 
Por último, mi habitación, el lugar en el que más horas había pasado, el que desordenaba con Mario todos los viernes por la tarde. Las paredes eran blancas, el armario marrón con cromos pegados por todas las puertas, una pequeña mesita redonda verde con dos sillas, estanterías rosas, y un montón de peluches y muñecos. Entonces recordé todo lo que había vivido en aquel lugar, como dibujaba con mis abuelos las invitaciones para mi cumpleaños, como recogía el suelo escondiendo todo debajo de las estanterías, las cajas azules, rojas y amarillas repletas de juguetes que me daba pena tirar, el suelo lleno de playmobiles, o de muñecos como si estuvieran en la escuela, etc. Y me senté en el lugar en el que me sentía más segura, entre la cama y la pared, pero no estaba sola, para que fuese seguro tenía que estar Aramis (mi gato). Allí jugué con el muñeco con el que más lo he hecho. Se llamaba Dani, era rubio, y tenía los ojos muy grandes, aún lo guardo en uno de mis armarios.

Pero como dice Sabina "Todo empieza y todo acaba", y este viaje estaba ya llegando a su fin. Fui caminando hacia la puerta mirando con tristeza todo lo que estaba dejando atrás, mis recuerdos de la infancia. Y lloré. Al decir adiós a todo esto salió la primera lagrima, y según me alejaba por un camino rodeado de vegetación, aparecían más.

Durante todo el viaje estuve tensa y nerviosa, y al escuchar "ahora vais a la puerta, salís, y le decís adiós a esta casa" lloré porque me recordó cuando me dijeron que nos íbamos a mudar.